Humano, demasiado humano

Humano, demasiado humano

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No es el mismo santo, sino lo que significa a los ojos del no santo, lo que ha dado valor en la historia universal. Era porque uno se engañaba acerca de él, porque se explicaba erróneamente los estados de su alma y se le separaba de sí en lo posible, como de cosa absolutamente incomparable y extrañamente sobrenatural; por eso se le aseguraba aquella fuerza extraordinaria con la cual pudo imponerse a la imaginación de pueblos enteros, de épocas enteras. El mismo no se conocía; él mismo entendía el libro de sus tendencias, de sus inclinaciones, de sus acciones, conforme a un arte de interpretación tan afectada y tan artificial como la interpretación neumática de la Biblia. Lo que existía de mórbido en su naturaleza, con su amalgama de pobreza de espíritu, de saber malvado, de salud indispuesta, de nervios exasperados, permanecía tan oculto a su mirada como a la del espectador. No era un hombre particularmente bueno, menos tampoco un hombre particularmente sabio, pero significaba algo que sobrepasaba la medida humana en bondad y en sabiduría. La fe en él sostenía la fe en lo divino y en lo maravilloso, en un sentido religioso de toda existencia, sin un última día de juicio universal, que es inminente. Con el brillo vespertino de un sol poniente, que vierte sus rayos sobre los pueblos cristianos, la sombra del santo se agiganta en proporciones tales, que aun en nuestro tiempo, que ya no cree en Dios, existen pensadores que creen en los santos.


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