Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano LO QUE HAY DE INOCENCIA EN LAS ACCIONES LLAMADAS PERVERSAS.— Todas las acciones perversas son motivadas por el instinto de conservación, o más exactamente todavÃa, por la aspiración al placer y la huida del disgusto en el individuo; por lo tanto, siendo asà motivadas no pueden ser perversas. Causar disgusto esencialmente no existe sino en el cerebro de los filósofos, como tampoco existe «causar placer esencialmente» (la piedad en el sentido de Schopenhauer). En la condición social anterior al Estado, matamos un ser, mono u hombre, que quiere coger antes que nosotros un fruto del árbol, justamente cuando tenemos hambre y corremos hacia el árbol: lo mismo que harÃamos hoy con el animal viajando en comarcas salvajes. Las malas acciones que nos indignan hoy descansan en el error de que el hombre que las comete, en relación a nosotros tendrÃa libre voluntad, y que, por consiguiente, habrÃa dependido de su buen deseo el no inferirnos ese agravio. Esta creencia en el buen deseo despierta el odio, la venganza, la malicia, la perversión entera de la imaginación, siendo asà que nos enojamos mucho menos contra un animal por creerlo irresponsable. Hacer el mal, no por instinto de conservación, sino por represalia, es la consecuencia de un raciocinio erróneo, y por lo mismo igualmente inocente. El individuo puede, en las condiciones sociales anteriores al Estado, tratar otros seres con dureza y crueldad para aterrorizarlos; quiere asegurar su existencia dando pruebas aterradoras de su poder. Asà procede el violento, el poderoso, el fundador de un Estado primitivo que somete a su dominio a los más débiles. Tiene para ello derecho, como el Estado de hoy se lo toma, o por mejor decir, no hay derecho que pueda impedÃrselo. La primera condición para que se establezca la moralidad es que un individuo más fuerte o una colectividad, por ejemplo, la sociedad, el Estado, someta a los individuos, y por consiguiente los saque del aislamiento y los reúna del constreñimiento; es ella misma por cierto tiempo todavÃa un constreñimiento al cual uno se adhiere para evitar el disgusto. Más tarde llega a hacerse una costumbre, más tarde aún una libre obediencia, por fin casi un instinto; entonces es, como todo lo que existe desde tiempo atrás, habitual y natural, encadenado al placer, y toma el nombre de virtud.