Humano, demasiado humano

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PUDOR.— El pudor existe en dondequiera que haya un «misterio»; es éste un concepto religioso que tenía en los más antiguos tiempos de la civilización humana una gran extensión. En todas partes había dominios limitados, a los cuales el derecho divino prohibía el acceso, salvo bajo ciertas condiciones: fue primero la prohibición enteramente local, en el sentido de que ciertos lugares no podían ser hollados por el pie de los profanos, que al acercarse a ellos sentían inquietud y espanto. Este sentimiento fue por diversos modos transportado a otros casos, por ejemplo, a las relaciones sexuales que, siendo un privilegio y un ádyton de la edad más madura, debían ser sustraídas de las miradas de la juventud para su bien; la custodia de estas relaciones y su santificación, eran asunto que competía a numerosas divinidades, que eran reputadas como centinelas colocados en el tálamo nupcial. «En el idioma turco, el sitio donde está colocado este harén “santuario”, y por consiguiente, está designado con nombre usual para los pórticos de las mezquitas». Así es como la realeza, centro del cual brotan el poder y el esplendor, es para el súbdito un misterio lleno de secreto y de pudor, a consecuencia del cual muchos vestigios se dejan sentir hoy todavía en los pueblos que no se cuentan, por otra parte, entre los pudorosos. Del mismo modo, el mundo entero de los estados interiores, lo que se llama «el alma», es todavía actualmente un misterio para todos los no filósofos, como producto de lo que, durante un tiempo indefinido, fue creído digno de un origen divino de relaciones con la divinidad; es, por consiguiente, un ádyton y despierta el pudor.


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