La gaya ciencia

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Se sabe de dónde procede el alemán que desde hace un par de siglos viene siendo el alemán escrito general. Los alemanes, con su veneración por todo lo que procedía de la corte, tomaron como ejemplo deliberadamente las cancillerías en todo lo que tenían que escribir, y especialmente en sus cartas, escrituras, testamentos, etc. Escribir al modo de las cancillerías era escribir al modo de la corte y el gobierno: cosa distinguida, en comparación con el alemán de la ciudad concreta en la que se vivía. Después se fue extrayendo paulatinamente la correspondiente conclusión y se empezó a hablar como se escribía: así se era cada vez más distinguido, en las formas de las palabras, en la elección de las palabras y giros y en último término también en el sonido: se afectaba un sonido cortesano cuando se hablaba, y la afectación acabó convirtiéndose en naturaleza. Quizá no haya sucedido algo enteramente igual en lugar alguno: la preponderancia del estilo escrito sobre la lengua hablada, y los melindres y el hacerse el distinguido de todo un pueblo como base de una lengua común que ya no era dialectal. Creo que el sonido de la lengua alemana era en la Edad Media, y especialmente después de la Edad Media, profundamente aldeano y vulgar: durante los últimos siglos se ha ennoblecido algo, especialmente debido a que se creyó necesario —sobre todo lo creyó así la nobleza alemana (y austríaca), que no podía conformarse en modo alguno con la lengua materna— imitar tantos sonidos franceses, italianos y españoles. Pero a Montaigne, y no digamos a Racine, el alemán tiene que haberles sonado, a pesar de ese ejercitamiento, insoportablemente vulgar: e incluso ahora en boca de los viajeros, en medio del populacho italiano, sigue sonando muy tosco, como salido de los bosques, ronco, como si procediese de estancias llenas de humo y de regiones desapacibles. Pues bien, noto que ahora vuelve a hacer estragos entre los antiguos admiradores de las cancillerías un impulso semejante hacia el sonido distinguido, y que los alemanes empiezan a plegarse a un «encanto sonoro» enteramente extraño, que a la larga podría llegar a ser un peligro real para la lengua alemana: en vano se buscará sonidos más horribles en toda Europa. Algo sarcástico, frío, indiferente y descuidado en la voz: esto les suena ahora a los alemanes «distinguido», y oigo la buena voluntad de llegar a esa distinción en las voces de los funcionarios y profesores jóvenes, de las mujeres jóvenes y de los comerciantes jóvenes; hasta las niñas pequeñas imitan ya este alemán de oficial. Pues el oficial, y concretamente el prusiano, es el inventor de estos sonidos: este mismo oficial que como militar y buen profesional posee aquel admirable tacto de la modestia del que todos los alemanes tendrían que aprender (¡los profesores y los músicos alemanes incluidos!). Pero tan pronto habla y se mueve es la figura más inmodesta y de peor gusto de la vieja Europa: ¡sin ser consciente de sí misma, no cabe duda! Y tampoco son conscientes de ella los buenos alemanes que admiran en el oficial al hombre de la primera y más distinguida sociedad y dejan con gusto que sea él quien «marque la pauta». ¡Y eso es lo que hace!, y los cabos y suboficiales son los primeros que imitan su tono y lo hacen más burdo. Préstese atención a las voces de mando que literalmente rodean con su bramido las ciudades alemanas, ahora que se hace la instrucción delante de todas sus puertas: ¡qué arrogancia, qué airado sentimiento de la autoridad, qué burlona frialdad resuena en ese bramido! ¿Son realmente los alemanes un pueblo musical? Lo seguro es que ahora los alemanes se están militarizando en el sonido de su lenguaje: es probable que, ejercitados en hablar militarmente, acaben también por escribir militarmente. Pues acostumbrarse a determinados sonidos hace hondo efecto en el carácter: ¡pronto se tiene las palabras y giros, y finalmente también las ideas, que se adecúan precisamente a ese sonido! Quizá se escriba ya ahora al modo de los oficiales, quizá sea sencillamente que no leo lo suficiente de lo que se escribe ahora en Alemania. Pero una cosa sé con tanta más seguridad: las manifestaciones públicas alemanas que calan hasta el extranjero no están inspiradas por la música alemana, sino precisamente por ese nuevo sonido y por su arrogancia de mal gusto. En casi todos los discursos del primer estadista alemán, e incluso cuando se deja oír a través de su vocero imperial, hay un acento que el oído de un extranjero rechaza con repugnancia, aunque los alemanes lo soportan: se soportan a sí mismos.


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