La gaya ciencia

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Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere[46]!, dice Spinoza, del modo escueto y sublime que le es propio. Sin embargo: ¿qué es en su fondo último ese intelligere sino la forma en que precisamente las otras tres cosas se nos hacen sensibles de repente? ¿Un resultado de las pulsiones, diferentes y que se oponen entre sí, de querer reírse, quejarse y maldecir? Para que un conocer sea posible, cada una de esas pulsiones tiene que haber alegado primero su opinión unilateral sobre la cosa o suceso; después surge la lucha de esas unilateralidades y de ella, en ocasiones, un centro, una tranquilización, un dar la razón hacia los tres lados, una especie de justicia y de contrato: pues en virtud de la justicia y del contrato todas esas pulsiones pueden afirmarse en la existencia y tener razón unas respecto de otras. Nosotros, a los que solo las últimas escenas de reconciliación y balances finales de este largo proceso nos llegan a ser conscientes, pensamos por ello que intelligere es algo conciliador, justo, bueno, algo esencialmente opuesto a las pulsiones; mientras que es solo un cierto comportamiento de las pulsiones unas respecto de otras. Durante las más largas épocas se ha considerado el pensar consciente como el pensar por excelencia: solo ahora empezamos a vislumbrar la verdad de que la mayor parte, con mucho, de nuestra actuación espiritual discurre sin que seamos conscientes de ella ni la sintamos; pero creo que estas pulsiones que aquí luchan entre sí sabrán muy bien hacerse sentir y hacerse daño unas a otras: aquel repentino y enorme agotamiento que aflige alguna vez a todos los pensadores puede que tenga ahí su origen (es el agotamiento en el campo de batalla). Sí, quizá haya en nuestro interior que lucha algún que otro heroísmo escondido, pero seguro que no hay nada divino, que eternamente descanse en sí mismo, como creía Spinoza. El pensar consciente, y especialmente el del filósofo, es el tipo de pensar menos vigoroso, y por ello también, en proporción, el más suave y tranquilo: y, así, es precisamente el filósofo quien más fácilmente puede engañarse sobre la naturaleza del conocer.


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