La gaya ciencia

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Para ver las bellezas últimas de una obra no basta con todo el saber ni con toda la buena voluntad; para que de una vez se retire el velo de nubes que oculta esas cumbres a nuestros ojos y el sol brille sobre ellas necesitamos las más escasas casualidades felices. No solo tenemos que estar justo en el sitio correcto para ver ese espectáculo: tiene que haber sido precisamente nuestra alma misma quien haya retirado el velo de sus alturas y esté necesitada de una expresión y comparación externa, como para tener un apoyo y seguir estando en poder de sí misma. Todo eso, empero, se da junto tan rara vez que tiendo a creer que las más altas alturas de todo lo bueno, trátese de obra, hecho, hombre o naturaleza, han sido hasta ahora para la mayoría, e incluso para los mejores, algo escondido y velado. ¡Y, además, lo que se nos desvela se nos desvela una sola vez! Es verdad que los griegos rezaban: «¡Que todo lo bello se dé dos y tres veces!». ¡Ay, en eso tenían una buena razón para invocar a los dioses, pues la realidad indivina no nos da lo bello en absoluto, o nos lo da una sola vez! Quiero decir que el mundo está repleto de cosas bellas, y sin embargo es pobre, muy pobre, en bellos instantes y desvelamientos de esas cosas. Pero quizá sea este el más fuerte encanto de la vida: hay sobre ella un velo recamado en oro de bellas posibilidades, prometedor, reacio, pudoroso, burlón, compasivo, seductor. ¡Sí, la vida es una mujer!


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