La gaya ciencia

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El Sócrates moribundo

Admiro la valentía y sabiduría de Sócrates en todo lo que hizo, dijo… y no dijo. Este burlón y enamorado ogro y flautista[47] no de Hamelín, pero sí de Atenas, que hacía temblar y sollozar a los más arrogantes muchachos, fue no solo el más sabio charlatán que haya habido nunca: fue igualmente grande en el callar. Me gustaría que hubiese permanecido callado también en el último instante de su vida: quizá perteneciese entonces a un orden de los espíritus todavía más alto. Ya fuese la muerte, o el veneno, o la devoción, o la maldad: algo le soltó en aquel instante la lengua y dijo: «Oh, Critón, le debo un gallo a Esculapio». Estas ridículas y terribles «últimas palabras» significan para quien tenga oídos: «¡Oh, Critón, la vida es una enfermedad!». ¿Será posible? Un hombre como él, que vivió jovialmente y como un soldado a ojos de todos, ¡era pesimista! ¡Se limitó a poner a la vida buena cara[48], y escondió de por vida su juicio último, su más íntimo sentimiento! ¡A Sócrates, a Sócrates le hacía sufrir la vida! Y además se vengó de ello: ¡con aquellas palabras veladas, horribles, pías y blasfemas! ¿Todo un Sócrates tenía que vengarse encima? ¿Le faltó una pizca de magnanimidad en su virtud sobreabundante? ¡Ay, amigos! ¡Tenemos que superar incluso a los griegos!

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