Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Aquella creencia goethiana de mi juventud de que el «eterno femenino» es capaz de elevar al hombre al cielo de la plenitud y la salud, no era más que un perverso intento de franquearle a Dios la puerta del fondo de mi ser, después de haberlo arrojado por la ventana: el ateísmo es una bebida muy amarga y exige un estómago fuerte para tolerarla. Pero mi experiencia con la condesa, la euro-asiática, mi hermana, y muchas otras hembras de su tipo, me lleva a la conclusión de que las mujeres no son seres más elevados que los hombres, sino que nuestra necesidad de dioses y semidioses nos ha llevado a deificar el «eterno femenino», como glorificamos al Superhombre de Prometeo o nos prosternamos ante el genio, como yo mismo me he inclinado reverente ante mi propia grandeza.