Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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En mis tiempos de estudiante, yo y los otros compañeros de Franconia aclamábamos a Hedwig Raabe, la actriz, o nos enamorábamos locamente del humor alegre y travieso de Rederico Grossmann. Repetíamos sus canciones y brindábamos por él en las cervecerías, pero estas bellezas de la escena no eran más que ficciones de nuestra imaginación estética o erótica. Ésta es la tragedia del hombre: confunde el escenario del teatro con el de la vida y no comprende que las mujeres son mejores actrices en el salón y en el dormitorio que frente a las candilejas. Visten sus cuerpos en forma hechicera, y como Esther, perfuman su piel con exquisitos aromas y la maceran en aceite de palma seis meses, y otros seis en canela antes de presentarse a los ojos embaucados del monarca. Si Asuero fue engañado —él, que tuvo contacto con cientos de mujeres—, puede el lector perdonarle al pobre Fritz Nietzsche, el pequeño pastor, por haber confundido a la condesa y a la euroasiática con el mismo Dios y haber pensado que sus cuerpos eran la puerta de entrada al Paraíso, el portal de la gloria eterna.

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