Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Cada hombre es su propia quimera, dijo Baudelaire; y el monstruoso engaño que constituye nuestro propio ser nos aplasta. Pero las mujeres están especialmente engañadas por su naturaleza sexual, que las induce a creer que son diosas inmortales, que pueden elevar a sus amantes desde sus infiernos privados al cielo de los deleites eróticos. Mujeres como la condesa, como Cósima Wagner y hasta como Lou Salomé, no son más que gatas mimadas y voluptuosas, cuyos cuerpos flexibles y aterciopeladas patitas se insinúan arteramente en el alma de los hombres y son causa del más íntimo y profundo estrago moral y espiritual. Si Goethe hubiera penetrado un poquito más en la naturaleza femenina, habría descrito un segundo Werther arrastrado al suicidio, no por amor frustrado, sino por amor carnalmente colmado.
Un millar de Werthers se suicidan espiritualmente, destrozados en las ruedas de la lujuria, por cada uno que se salta los sesos a causa de una sirvientita idiota que se niega a abrir sus muslos a sus pasiones eróticas.