Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Mi amor por Lou me polarizó hacia fuerzas cósmicas invisibles; yo, la periferia, me convertí en el «centro», mi caos se transformó en una danzarina estrella. Ahora estoy despolarizado, impersonalizado, anulado ¿y muerto? ¿Muerte? ¡No, resurrección! ¡Soy Dionisio!
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Los que no aman sabiamente, se desesperan del poder del amor. Cuando estaba con mi Helena rusa, ella supo empujarme con sus medios sutiles y eslavos hacia el mágico círculo del amor, donde Tolstói y Dostoyevski estaban preparados con tijeras para cortar mis garras. ¡Un ave de rapiña arrojada entre los cristianos y los cristianos socialistas para interrogar sobre los augurios del milenio! Quizás era mi destino que la traición de Elisabeth fuera el medio por el cual escapé de Jerusalén y me atrincheré tras las siete colinas de Roma. Sería un insulto a la misión de mi vida si ésta terminara en mi candidatura a la santidad. ¡San Nietzsche, patrón de los filisteos cultos como Wagner, que se prosterna frente a las mentiras y fraudes papales!
Ya que soy una fatalidad, la meta hacia la cual tiende toda civilización, es obvio que la conducta viciosa de Elisabeth hacia mí está justificada a la luz de la historia, donde el bien se transforma en mal, y el mal en bien, como en los sistemas de Spinoza y Hegel, el cual es simplemente Spinoza que engrana en el ritmo de nuestro veloz siglo industrial.