Mi hermana y yo
Mi hermana y yo He dicho que los germanos fueron los estafadores del intelecto, que Fichte, Schelling, Schopenhauer, Hegel, Kant, Leibniz y Schleiermacher eran realmente «fabricantes de máscaras»[39] y mi hermana quiso esconderme tras la máscara maya de la ilusoria pesadilla wagneriana para que no pudiese escapar de su tenebrosa garra incestuosa. Unido al cuerpo de mi Helena rusa, podía mantenerme aferrado a lo humano y lo superhumano. Podía superarme a mí mismo en el milagro de la pasión desnuda, podía volver a entrelazar mi ser en la trama y urdimbre del «yo» y «tú», la paradójica unión de antagonistas de modo que el poder del amor y mi amor del poder llegaran a ser una sola llama de éxtasis y deleite.
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Ahora, separado del cuerpo de la «vida», ¿qué me resta ya si no hacer de mi muerte una furiosa protesta contra el desmembramiento de mi ser? Por eso clamo por las mujeres —¡más mujeres!—, que no es para mí una rebelión de la razón, sino un retorno a la lógica cabal, el principio vital de Jaina, la anekantavada, de las numerosas fases, el «interior» que penetra en lo «externo», lo «externo» dentro de lo «interno», siguiendo el ritmo erótico, la tensión polar del macho y la hembra.