Mi hermana y yo
Mi hermana y yo He sido injuriado porque dije en Más allá del bien y del mal que debiéramos considerar a las mujeres una propiedad, tal como hacen los orientales. Elisabeth rió simplemente al leer esta afirmación porque conoce la amarga verdad: las mujeres son la única propiedad privada que tiene el control completo sobre su dueño. Así como la maquinaria de nuestro siglo industrial ha llegado a ser humana y usa un cinto de cuero para vapulear las manos de la máquina y esclavizarla, la mujer es el monstruo de Frankenstein, construido con el material de los cementerios sociales, que persigue al hombre hasta su condena. Mi consejo de ser duro con ellas es tan ridículo como lo sería el consejo de un ratón nietzscheano, en una convención de ratones, de ser inflexible con el despótico gato.
Esta analogía felina es verdadera. Como dije en Así habló Zaratustra, las mujeres no son capaces de amistad: son todavía gatitas o pájaros, o como máximo pueden elevarse a la categoría de vacas, aunque no estoy de acuerdo con Schopenhauer en que las partes eróticas de una mujer, tales como los pechos, son antiestéticos, parecidos a los de una vaca y sólo simples trampas para apresar al hombre a través de su instinto copulativo.