Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Siempre expresé el deseo de haber vivido en la Atenas de Pericles o en la Florencia de los Médici, porque en estos dos siglos dorados se consideraba a las mujeres como obras de arte y no aspirantes a trabajar en un taller o en una fábrica de encurtidos. Aspasia es mi mujer ideal, que sobresale en ambas artes, el horizontal y el vertical, en el amor y en la sabiduría, y durante un tiempo pensé que Lou era mi sueño de Aspasia que se convertía en realidad. Mi ilusión ha sido la causa de mi derrota.
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He dicho que la guerra es el único remedio para evitar que el ideal del Estado se convierta en un ideal monetario. Pero los ricachos bismarckianos, culpables de esto, me proclaman el apóstol de la guerra. He cantado un himno a la guerra, he escuchado a Apolo, el gran guerrero, «haciendo rechinar terriblemente su arco de plata», pero nunca he identificado a Apolo con los soldados de la Bolsa de Comercio que beben cerveza y comen salchichas.
Me agravia por lo tanto el apoyo del señor Bolsillos Llenos que viene a visitarme a este manicomio y me asegura que se ocupará de mi futuro cuando salga. Es por miedo a que cumpla su amenaza que prefiero permanecer aquí.
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