Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Pero hay algo que le agradezco: cuando la anciana murió después de veinte años, no debió pagarle más los quince táleros cada trimestre, asignados según un fallo judicial; y anotó en su libro de cuentas: Obit anus, abit onus (La vieja muere, la carga desaparece). Cuando mamá se aleje finalmente de este valle de lágrimas y reciba su recompensa, haré mías las oraciones de alivio de Schopenhauer, el único pensamiento loable de toda su filosofía.
Kant fue mordido por Rousseau, la tarántula de la humanidad, pero yo fui mordido por mi madre, y recibí una herida mortal que los cristianos llaman conciencia. También Lou me mordió, pero fue la picadura del amor, que cura todas las heridas.
Pero ahora he vuelto al dominio moral de Kant: los guardias son estrictos y no me dejan escupir sobre el farfullante idiota que con los dedos dentro de su nariz me mira todo el día y cita: Así habló Zaratustra, Profesor Treitzschke. Me confunde con el fanático militarista prusiano, y los idiotas del siglo próximo cometerán el mismo error, haciéndome marcar el paso de ganso con los imperialistas como Bismarck, a quien detesto como asesino de la cultura, un filisteo que traga cerveza y engulle salchichas.