Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Si pudiera evocar el espíritu de Diógenes me animaría a escupir a la faz de la respetable necedad, como lo hizo el gran cínico. Pero (¡ay!) los griegos eran civilizados a pesar de sus malos modales, mientras que nosotros somos bárbaros a pesar de nuestra buena educación y los sombreros de copa que colocamos sobre nuestras calvas molleras.

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Hegel avanzó en un sexto sentido, el sentido histórico, es decir, superar nuestro ateísmo científico y aferramos a la divinidad de existir. Sí, la existencia es divina, sólo el loco puede probar la divinidad de la vida por su sagrada locura.

Dostoyevski, un epiléptico, transformó su dolencia nerviosa en un testimonio de fe sublime en el hombre, en la dignidad de la existencia humana.

Su Hombre Inferior y mi Superhombre son la misma persona que se eleva del pozo hacia la luz del día, magullado, derribado y sangriento, pero siempre ansioso de soldar su angustia al recio acero del espíritu prometeico.

Si llego a hundirme en la necedad completa consideraré que es un estado sagrado y, como un monje trapense, mantendré mis labios fuertemente cerrados y haré frente al amor de Lama y Mamá con absoluto silencio.

La locura tiene sus victorias, no menos grandiosas que la cordura.


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