Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Es más presumible que sea mi culpa y no la de los lugares en que vivía o frecuentaba. Supongo que el único lugar donde ir, que sea incapaz de desilusionar a un viajero fastidioso como yo, es «ninguna parte»…
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Una vez que decido un viaje, deseo estar en el tren inmediatamente, aunque sólo sea para mirar desde la ventanilla las caritas ansiosas de los niños, siguiendo a las personas y a las ruedas, y oír el formidable y deliberado hipar de la locomotora bajo el límpido cielo. Un viaje en tren se jalona, a veces, por el tañido de las campanas de alguna iglesia y sugiere que existen lugares más misteriosos para visitar. No me importa mucho, admitiendo que las campanas conocen el destino, descender en el cielo o en el infierno. En ambas partes el tedio ha de ser devastador.
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Ojalá los norteamericanos tomaran un saludable interés en mis libros, el suficiente para pedirme unas conferencias en algún fascinante lugar como Detroit, Chicago, New York o San Francisco… Me dicen que a Dickens no le gustan los norteamericanos, porque no quisieron pagarle los derechos que sus libros devengaron allí. ¡Qué pueblo admirable es el inglés! Incluso sus artistas son mercachifles hasta la punta de los dedos.
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