Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Pero había una gran diferencia entre el estoico emperador y el monarca del mundo musical. Aurelio no sólo perdonó a su mujer sus numerosos adulterios, sino que erigió templos en su honor después de su muerte, elevándola al grado de divinidad, como si fuera una diosa del Olimpo, entregada a cósmicas orgías que hacían estremecer de vergüenza a las estrellas tras un muro de nubes. Por el contrario, Wagner era demasiado vanidoso para creer que su amada Cósima podía imitar a Faustina, porque en su propia estima se consideraba superior a César. También yo compartía esa estima porque al negar a los dioses, tenía una necesidad fanática de venerar a alguno, como brillante estandarte del «ideal».
¡Pero ningún hombre es un héroe para su esposa, o para el amante de ella! La vida independiente del espíritu tiene sus necesidades, pero no podemos prosternarnos ante un dios cuya diosa reposa en nuestros brazos cuando él vuelve la espalda. Así nació mi Superhombre, un hombre del «más allá», para compensar la pérdida de Dios, de Schopenhauer, de Wagner, y de todos los genios terrestres que nos vemos tentados a deificar.