Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Mi mayor defensa contra la enfermedad de lo «ideal» era cultivar mi propio ego, que elevé hacia proporciones cósmicas. Yo mismo me erigí en el Dios cuyo funeral anuncié a un mundo horrorizado y ultrajado. Desde que me convertí en Dios, aun Napoleón, que dominó al siglo diecinueve como un coloso, fue un microbio para mí y me sentía en paz. Como Beethoven, no podía soportar la adoración de Napoleón y siempre recordé su desafío: Si mis conocimientos de estrategia fueran tan amplios como los que poseo sobre contrapunto, anularía a ese hombre a corto plazo.

Yo anulé a Bonaparte a corto plazo llegando a ser un Napoleón del intelecto y siguiendo su ejemplo: no combatí con ellos, mas los pisoteé dentro de la tierra, y mediante el cañón de la inventiva pude demolerlos y pulverizarlos. Pero mi experiencia como artillero me hizo ver que las palabras son un débil sustituto de las balas de cañón, y mis víctimas pulverizadas tenían el detestable hábito de reunir sus diminutos pedacitos y restaurar nuevamente su naturaleza humana.





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