Mi hermana y yo
Mi hermana y yo 1
Le escribí una vez a mí amigo Gast que yo era una de esas máquinas susceptibles de estallar ya que la intensidad de mis pensamientos y mis emociones eran demasiado fuertes para que ninguna máquina pueda soportarlas. Mientras escribía Aurora en Sils Maria sentí que mi estado de ánimo en constante exaltación era como el trance epiléptico de San Pablo cuando vio la imagen del Redentor en el camino hacia Damasco.
Pero la sensación de salud resplandeciente que irradiaba del volumen engañó a mis amigos, quienes vieron en la obra uno de los libros más valientes, elevados y hermosos que han nacido de la mente y del corazón humanos, veredicto que hubiera discutido si padeciera de falsa modestia. El precio que pagué por este grande y hermoso libro fue la salud mental y espiritual, y cuando lo terminé en Tautenburg bajo la tensión adicional de mi aventura amorosa con Lou Salomé, sentí que me columpiaba a la orilla de un abismo donde los rostros de Lama, de Mamá y de Lou, las tres gorgóneas caras del infinito terror, me empujaban hacia el insondable vacío. Aun ahora mientras escribo, puedo ver las tres terribles Gorgonas que se mueven frente a mí, y sus tortuosos cabellos se arrollan alrededor de mi garganta como un triple lazo, mientras sus fieros ojos me transforman en piedra.