Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Mas no las culpo: me he sentido espiritualmente cómodo tanto en el terror, como en la estimulante quietud de Génova y del Engadine; el cielo y el infierno se mezclan en mí en salvajes agitaciones emocionales que me hacen girar constantemente hacia el centro de la corriente de la autodestrucción.

Cuando elegí vivir en soledad sin Dios y sin el hombre, fui finalmente separado de mi sagrado aislamiento, arrojado de mi roca genovesa donde una vez me senté como un lagarto en el sol, mientras el océano batía su furia contra mí, ¡el titán que se atrevió a desafiar sus inexorables olas!

¡Cómo gocé el delicioso terror de la soledad, la alegría del abismo, cuando escribí a Peter Gast que estábamos en la senda, correcta: retiro y severidad para con nosotros mismos, frente a nuestro propio tribunal, y sin prestar más atención a los demás, los modelos y los maestros!

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Recuerdo cada una de las palabras garrapateadas en la postal que le envié a Gast desde mi roca de Génova, la ciudad de Colón, porque ya entonces sentí intuitivamente que el mar sería al fin el conquistador, el feroz mar de la humanidad en cuyo furioso centro, el poeta inglés Blake vio el rostro del terrible Dios de los judíos, el Cristo-tigre, Jehová en persona.


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