Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

Como San Agustín, mí profunda inquietud trató de hallar la paz en un absoluto, pero encontrar reposo en Dios hubiera sido una traición a mi satánico desempeño en la vida; hubiera sobrepasado a Wagner, desembarcando junto a los filisteos. Traté entonces de multiplicar mi sensación de poder, viviendo junto al pueblo genovés, la gente vulgar que me atraía en la misma forma que Tolstói y Dostoyevski gustaban de los sencillos aldeanos. Estos salvajes rousseaunianos, mis bestias rubias, eran el extremo polar hacia mi Superhombre y, por lo tanto, se encontraban en una negación colectiva, un valiente rechazo a participar de las necesidades de la cultura filistea.

Por su autodominio eran similares a los príncipes mercaderes de Génova que construyeron sus palacios por los siglos y no por un momento pasajero; sus castillos todavía dominaban las montañas, la ciudad y el mar; emperadores de piedra en un mundo de flujo hercúleo, regio y orgulloso en su sublime conquista de la razón socrática.

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