Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Así viví como un príncipe mendigo en mi buhardilla genovesa, subiendo 164 escalones para llegar a mi fortaleza que era un nido, donde mi princesa, la posadera, me ayudaba a preparar mis comidas de vegetales y mi plato especial genovés, un deleite para los gourmets, que consistía especialmente en alcachofas y huevos. Yo, el enemigo jurado de la democracia, viví como el pueblo, bromeé y bebí con ellos, pero finalmente su necedad me llenó de pascaliano desprecio. Estaba demasiado carcomido por la enfermedad socrática y el intelectualismo griego, para vivir más de una temporada entre los idiotas tolstianos.
Tanto en Génova, Naumburg, Zúrich, Venecia, Leipzig, Turín, como dondequiera haya estado, he tratado de hallar mi verdadero yo en un amigo, en un grupo de amigos, o en toda la humanidad, pero siempre he sido rechazado hacia la cebolla de Peer Gynt, la nada escondida por capas y capas de ilusión sin un adarme de realidad. Mi verdadero yo es simplemente una sombra proyectada por mi deseo prometeico captado entre el doble abismo de la ansiedad y la frustración, alto y bajo; cielo e infierno.