Mi hermana y yo
Mi hermana y yo En mi romántica angustia traté de huir del materialismo cervecero de mis días de Franconia en Bonn, cuando pensaba que era necesario ingresar a uno de los infernales clubes de estudiantes, ya que a quienes no pertenecían a ninguno de ellos se le llamaba camello, y significaba desterrarse a una disciplina monástica, sin vino, mujeres ni cantos. Comencé así a considerar el ideal monástico como meta del filósofo, quien, como Spinoza, con su intelectual amor de Dios, no podría agotar sus energías con cada Cintia del momento, cada ramera que aparta sus muslos en un esfuerzo triangular de aprisionar el gran círculo de los sueños inmortales del hombre.
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Así busqué soledad y retiro en el convento de Malwida von Meyesenburg, la anciana y excéntrica wagneriana que unía el amor a las heroínas de Wagner con la más estricta castidad, como una superiora que cerraba sus ojos al hecho de que su priorato se había convertido en un burdel y proveía no a Dios, sino a Satán.