Mi hermana y yo

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Pero la Villa Rubinacci, en Sorrento, no era exactamente el convento que esperaba, porque las mujeres que Malwida me presentó tenían a Venus y no a María en sus mentes; conducidas por la vieja solterona que desempeñaba con placer el papel de Cupido, preferían sacrificar su virginidad en el altar del sagrado matrimonio en lugar de marchitarse y morir como novias de Cristo. Finalmente huí de su furia casamentera y escapé a Klingenbrunn en la selva bávara para evitar a las mozuelas wagnerianas de Bayreuth. Acudí a San Agustín y a su sueño de una civilizada sociedad de diez personas, ermitaños agustinos como yo, que trataban de preservar su cordura frente a la avalancha de la barbarie occidental y de la desesperación nihilista.

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Mas la Europa del siglo XIX no se parece a la antigua Grecia en el pináculo de Pericles, ni a Roma, ni al África del norte del tiempo de San Agustín. Los grupos independientes de los tiempos clásicos sólo eran posibles cuando la propiedad, como fundamento de la sociedad, no estaba amenazada por anarquistas y socialistas que tratan de destruir la distancia entre amos y esclavos y transforman nuestra sociedad jerárquica en una canalla informe y amorfa.


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