Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Nos acercaremos a la verdad en la proporción que nos alejamos de la vida, dijo Sócrates, a punto de beber la cicuta. Todo es vanidad y una persecución tras el viento, pero esta sabiduría salomónica es difícil de aceptar. Hasta el fin soñaré con aquella que me enseñó por primera vez las posibilidades del amor romántico. Contra sus besos, Sócrates, Schopenhauer, Salomón y Sakia Muni sólo son envidiosos eunucos que han perdido el sabor de la vida.
La muerte no es jamás mejor que la vida, a pesar de Buda y de los santos. Yo que muero, sé que no hay nada más trágico que un hombre muerto, ya esté bajo tierra o camine como un cadáver viviente a través del mundo, sin fe en la vida o en el futuro…
En las entrañas de mi madre he amado la vida y la amo ahora cuando los que llevarán mi paño mortuorio se agrupan a mi alrededor y esperan la señal para llevarme a la eternidad.
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He sufrido al no aceptar los consuelos de otros hombres: Dios y la «inmortalidad». Pero como Jerjes, que estaba enamorado de un plátano, así me aferré al arca de un futuro «utópico» y de este modo traté de revocar a Dios y a la inmortalidad del petrificado bosque del pensamiento moderno.