La rebelión de las masas
La rebelión de las masas Una observación me impide hacerme ilusiones sobre la eficacia de tales prédicas, que a fuer de racionales tendrÃan que ser sutiles. ¿No es demasiado absurdo que en las circunstancias actuales no sienta el hombre medio, espontáneamente y sin prédicas, fervor superlativo hacia aquellas ciencias y sus congéneres las biológicas? Porque repárese en cuál es la situación actual: mientras, evidentemente, todas las demás cosas de la cultura se han vuelto problemáticas —la polÃtica, el arte, las normas sociales, la moral misma—, hay una que cada dÃa comprueba, de la manera más indiscutible y más propia para hacer efecto al hombre-masa, su maravillosa eficiencia: la ciencia empÃrica. Cada dÃa facilita un nuevo invento que ese hombre medio utiliza; cada dÃa produce un nuevo analgésico o vacuna, de que ese hombre medio se beneficia. Todo el mundo sabe que, no cediendo la inspiración cientÃfica, si se triplicasen o decuplicasen los laboratorios, se multiplicarÃan automáticamente riqueza, comodidades, salud, bienestar. ¿Puede imaginarse propaganda más formidable y contundente en favor de un principio vital? ¿Cómo, no obstante, no hay sombra de que las masas se pidan a sà mismas un sacrificio de dinero y de atención para dotar mejor la ciencia? Lejos de eso, la posguerra ha convertido al hombre de ciencia en el nuevo paria social. Y conste que me refiero a fÃsicos, quÃmicos, biólogos —no a los filósofos—. La filosofÃa no necesita ni protección, ni atención, ni simpatÃa de la masa. Cuida su aspecto de perfecta inutilidad,[32] y con ello se liberta de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sà misma, por esencia, problemática, y abraza alegre su libre destino de Pájaro del Buen Dios, sin pedir a nadie que cuente con ella, ni recomendarse, ni defenderse. Si a alguien, buenamente, le aprovecha para algo, se regocija por simple simpatÃa humana; pero no vive de ese provecho ajeno, ni lo premedita, ni lo espera. ¿Cómo va a pretender que nadie la tome en serio, si ella comienza por dudar de su propia existencia, si no vive más que en la medida en que se combata a sà misma, en que se desviva a si misma? Dejemos, pues, a un lado la filosofÃa, que es aventura de otro rango.