1984
1984 Se vio a sà mismo de pie en la mortecina luz con el olor a cucarachas y a perfume barato, y en su corazón brotó un resentimiento que incluso en aquel instante se mezclaba con el recuerdo del blanco cuerpo de Katharine, frÃgido para siempre por el hipnótico poder del Partido. ¿Por qué tenÃa que ser siempre asÃ? ¿No podÃa él disponer de una mujer propia en vez de estas furcias a intervalos de varios años? Pero un asunto amoroso de verdad era una fantasÃa irrealizable. Las mujeres del Partido eran todas iguales. La castidad estaba tan arraigada en ellas como la lealtad al Partido. Por la educación que habÃan recibido en su infancia, por los juegos y las duchas de agua frÃa, por todas las estupideces que les metÃan en la cabeza, las conferencias, los desfiles, canciones, consignas y música marcial, les arrancaban todo sentimiento natural. La razón le decÃa que forzosamente habrÃa excepciones, pero su corazón no lo creÃa. Todas ellas eran inalcanzables, como deseaba el Partido. Y lo que él querÃa, aún más que ser amado, era derruir aquel muro de estupidez aunque fuera una sola vez en su vida. El acto sexual, bien realizado, era una rebeldÃa. El deseo era un crimental. Si hubiera conseguido despertar los sentidos de Katharine, esto habrÃa equivalido á una seducción aunque se trataba de su mujer.
Pero tenÃa que contar el resto de la historia. Escribió: