1984

1984

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No tengo disposiciones para la literatura. Sí, querido, ni siquiera sirvo para eso.

Winston se enteró con asombro de que en la Pornosec, excepto el jefe, no había más que chicas. Dominaba la teoría de que los hombres, por ser menos capaces que las mujeres de dominar su instinto sexual, se hallaban en mayor peligro de ser corrompidos por las suciedades que pasaban por sus manos.

-Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas -añadió-. Se supone que las chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes por lo pronto una que no lo es.

Julia había tenido su primer asunto amoroso a los dieciséis años con un miembro del Partido de sesenta años, que después se suicidó para evitar que lo detuvieran. «Fue una gran cosa -dijo Julia-, porque, si no, mi nombre se habría descubierto al confesar él.» Desde entonces se habían sucedido varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una lo quería pasar bien; ellos -es decir, el Partido- trataban de evitarlo por todos los medios; y una procuraba burlar las prohibiciones de la mejor manera posible. A Julia le parecía muy natural que ellos le quisieran evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de que la detuvieran.


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