1984

1984

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Winston recordaba con toda claridad aquel cuadrito oscuro y preciadísimo. Era una tableta de dos onzas (por entonces se hablaba todavía de onzas) que les correspondía para los tres. Parecía lógico que la tableta fuera dividida en tres partes iguales. De pronto -en el ensueño-, como si estuviera escuchando a otra persona, Winston se oyó gritar exigiendo que le dieran todo el chocolate. Su madre le dijo que no fuese ansioso.

Discutieron mucho; hubo llantos, lloros, reprimendas, regateos... su hermanita agarrándose a la madre con las dos manos -exactamente como una monita- miraba a Winston con ojos muy abiertos y llenos de tristeza.

Al final, la madre le dio al niño las tres cuartas partes de la tableta y a la hermanita la otra cuarta parte. La pequeña la cogió y se puso a mirarla con indiferencia, sin saber quizás lo que era. Winston se la quedó mirando un momento. Luego, con un súbito movimiento, le arrancó a la nena el trocito de chocolate y salió huyendo.

-¡Winston! ¡Winston! -le gritó su madre-. Ven aquí, devuélvele a tu hermana el chocolate.


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