1984
1984 -Falta un par de minutos para que tengas que irte --dijo O'Brien-. Quizá volvamos a encontrarnos, aunque es muy poco probable, y entonces nos veremos en...
Winston lo miró fijamente.
-¿... En el sitio donde no hay oscuridad? -dijo vacilando.
O’Brien asintió con la cabeza, sin dar señales de extrañeza:
-En el sitio donde no hay oscuridad -repitió como si hubiera recogido la alusión-. Y mientras tanto, ¿hay algo que quieras decirme antes de salir de aquí? ¿Alguna pregunta?
Winston pensó unos instantes. No creía tener nada más que preguntar. En vez de cosas relacionadas con OBrien o la Hermandad, le acudía a la mente una imagen superpuesta de la oscura habitación donde su madre había pasado los últimos días y el dormitorio en casa del señor Charrington, el pisapapeles de cristal y el grabado con su marco de palo rosa. Entonces dijo:
-¿Oíste alguna vez una vieja canción que empieza: Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.
OBrien, muy serio, continuó la canción:
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.
¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey.