1984

1984

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Winston se encontraba cansadísimo, tan cansado que le parecía estarse convirtiendo en gelatina. Pensó que su cuerpo no sólo tenía la flojedad de la gelatina, sino su transparencia. Era como si al levantar la mano fuera a ver la luz a través de ella. Trabajaba tanto que sólo le quedaba una frágil estructura de nervios, huesos y piel. Todas las sensaciones le parecían ampliadas. Su «mono» le estaba ancho, el suelo le hacía cosquillas en los pies y hasta el simple movimiento de abrir y cerrar la mano constituía para él un esfuerzo que le hacía sonar los huesos.

Había trabajado más de noventa horas en cinco días, lo mismo que todos los funcionarios del Ministerio.

Ahora había terminado todo y nada tenía que hacer hasta el día siguiente por la mañana. Podía pasar seis horas en su refugio y otras nueve en su cama. Bajo el tibio sol de la tarde se dirigió despacio en dirección a la tienda del señor Charrington, sin perder de vista las patrullas, pero convencido, irracionalmente, de que aquella tarde no se cernía sobre él ningún peligro. La pesada cartera que llevaba le golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro llevaba el libro, que tenía ya desde seis días antes pero que aún no había abierto. Ni siquiera lo había mirado.


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