1984
1984 A veces procuraba calcular el número de mosaicos de porcelana que cubrÃan las paredes de la celda. No debÃa de ser difÃcil, pero siempre perdÃa la cuenta. Se preguntaba a cada momento dónde estarÃa y qué hora serÃa. Llegó a estar seguro de que afuera hacÃa sol y poco después estaba igualmente convencido de que era noche cerrada. SabÃa instintivamente que en aquel lugar nunca se apagaban las luces. Era el sitio donde no habÃa oscuridad: y ahora sabÃa por qué O'Brien habÃa reconocido la alusión. En el Ministerio del Amor no habÃa ventanas. Su celda podÃa hallarse en el centro del edificio o contra la pared trasera, podÃa estar diez pisos bajo tierra o treinta sobre el nivel del suelo. Winston se fue trasladando mentalmente de sitio y trataba de comprender, por la sensación vaga de su cuerpo, si estaba colgado a gran altura o enterrado a gran profundidad.
Afuera se oÃa ruido de pesados pasos. La puerta de acero se abrió con estrépito. Entró un joven oficial, con impecable uniforme negro, una figura que parecÃa brillar por todas partes con reluciente cuero y cuyo pálido y severo rostro era como una máscara de cera. Avanzó unos pasos dentro de la celda y volvió a salir para ordenar a los guardias que esperaban afuera que hiciesen entrar al preso que traÃan. El poeta Ampleforth entró dando tumbos en la celda. La puerta volvió a cerrarse de golpe.