1984
1984 Ampleforth hizo dos o tres movimientos inseguros como buscando una salida y luego empezó a pasear arriba y abajo por la celda. Todavía no se había dado cuenta de la presencia de Winston. Sus turbados ojos miraban la pared un metro por encima del nivel de la cabeza de Winston. No llevaba zapatos; por los agujeros de los calcetines le salían los dedos gordos. Llevaba varios días sin afeitarse y la incipiente barba le daba un aire rufianesco que no le iba bien a su aspecto larguirucho y débil ni a sus movimientos nerviosos.
Winston salió un poco de su letargo. Tenía que hablarle a Ampleforth aunque se expusiera al chillido de la telepantalla. Probablemente, Ampleforth era el que le traía la hoja de afeitar.
-Ampleforth.
La telepantalla no dijo nada. Ampleforth se detuvo, sobresaltado. Su mirada se concentró unos momentos sobre Winston.
-¡Ah, Smith! -dijo-. ¡También tú!
-¿De qué te acusan?
-Para decirte la verdad... -sentóse embarazosamente en el banco de enfrente a Winston-. Sólo hay un delito, ¿verdad?
-¿Y tú lo has cometido?
-Por lo visto.
Se llevó una mano a la frente y luego las dos apretándose las sienes en un esfuerzo por recordar algo.