1984
1984 -No había pensado en ello. Me detuvieron hace dos días, quizá tres. -Su mirada recorrió las paredes como si esperase encontrar una ventana-. Aquí no hay diferencia entre el día y la noche. No es posible calcular la hora.
Hablaron sin mucho sentido durante unos minutos hasta que, sin razón aparente, un alarido de la telepantalla los mandó callar. Winston se inmovilizó como ya sabía hacerlo. En cambio, Ampleforth, demasiado grande para acomodarse en el estrecho banco, no sabía cómo ponerse y se movía nervioso. Unos ladridos de la telepantalla le ordenaron que se estuviera quieto. Pasó el tiempo. Veinte minutos, quizás una hora...
Era imposible saberlo. Una vez más se acercaban pasos de botas. A Winston se le contrajo el vientre. Pronto, muy pronto, quizá dentro de cinco minutos, quizás ahora mismo, el ruido de pasos significaría que le había llegado su turno.
Se abrió la puerta. El joven oficial de antes entró en la celda. Con un rápido movimiento de la mano se-
ñaló a Ampleforth.
-Habitación uno-cero-uno -dijo.
Ampleforth salió conducido por los guardias con las facciones alteradas, pero sin comprender.