1984

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De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devorado-res de hombres. Había una especie de ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de darle un buen bolpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de juguete!», pensó Winston.

La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en aquella habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer había efectivamente polvo.

-Hacen tanto ruido... -dijo ella-. Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su trabajo a tiempo.

-¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan -gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad. -¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! -canturreaba la chiquilla mientras saltaba.


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