1984
1984 Un día cayó en una ensoñación extraña. Se veía a sí mismo andando por un corredor en espera del disparo. Sabía que dispararían de un momento a otro. Todo estaba ya arreglado, se había reconciliado plenamente con el Partido. No más dudas ni más discusiones; no más dolor ni miedo. Tenía el cuerpo saludable y fuerte. Andaba con gusto, contento de moverse él solo. Ya no iba por los estrechos y largos pasillos del Ministerio del Amor, sino por un pasadizo de enorme anchura iluminado por el sol, un corredor de un ki-lómetro de anchura por, el cual había transitado ya en aquel delirio que le produjeron las drogas. Se hallaba en el País Dorado siguiendo unas huellas en los pastos roídos por los conejos. Sentía el muelle césped bajo sus pies y la dulce tibieza del sol. Al borde del campo había unos olmos cuyas hojas se movían levemente y algo más allá corría el arroyo bajo los sauces.
De pronto se despertó horrorizado. Le sudaba todo el cuerpo. Se había oído a sí mismo gritando:
-¡Julia! ¡Julia! !Julia! ¡Amor mío! Julia.
Durante un momento había tenido una impresionante alucinación de su presencia. No sólo parecía que Julia estaba con él, sino dentro de él. Era como si la joven tuviera su misma piel. En aquel momento la había querido más que nunca. Además, sabía que se encontraba viva y necesitaba de su ayuda.