1984
1984 Se tumbó en la cama y trató de tranquilizarse. ¿Qué había hecho? ¿Cuántos años de servidumbre se había echado encima por aquel momento de debilidad?
Al cabo de unos instantes oiría los pasos de las botas. Era imposible que dejaran sin castigar aquel esta-llido. Ahora sabrían, si no lo sabían ya antes, que él había roto el convenio tácito que tenía con ellos. Obedecía al Partido, pero seguía odiándolo. Antes ocultaba un espíritu herético bajo una apariencia conformis-ta. Ahora había retrocedido otro paso: en su espíritu se había rendido, pero con la esperanza de mantener inviolable lo esencial de su corazón, Winston sabía que estaba equivocado, pero prefería que su error hubiera salido a la superficie de un modo tan evidente. O'Brien lo comprendería. Aquellas estúpidas exclamaciones habían sido una excelente confesión.