1984
1984 Tendría que empezar de nuevo. Aquello iba a durar años y años. Se pasó una mano por la cara procuran-do familiarizarse con su nueva forma. Tenía profundas arrugas en las mejillas, los pómulos angulosos y la nariz aplastada. Además, desde la última vez en que se vio en el espejo tenía una dentadura postiza completa. No era fácil conservar la inescrutabilidad cuando no se sabía la cara que tenía uno. En todo caso no bastaba el control de las facciones. Por primera vez se dio cuenta de que la mejor manera de ocultar un secreto es ante todo ocultárselo a uno mismo. De entonces en adelante no sólo debía pensar rectamente, sino sentir y hasta soñar con rectitud, y todo el tiempo debería encerrar su odio en su interior como una especie de pelota que formaba parte de sí mismo y que sin embargo estuviera desconectada del resto de su persona; algo así como un quiste.
Algún día decidirían matarlo. Era imposible saber cuándo ocurriría, pero unos segundos antes podría adi-vinarse. Siempre lo mataban a uno por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le bastarían diez segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara en los pasos que aún diera, sin alterar el gesto... podría tirar el camuflaje, y ¡bang!, soltar las baterías de su odio. Sí, en esos segundos anteriores a su muerte, todo su ser se convertiría en una enorme llamarada de odio. Y casi en el mismo instante