1984
1984 Nunca las nombraba, ni siquiera en sus más recónditos pensamientos. Era algo de que Winston tenÃa una confusa conciencia, un olor que llevaba siempre pegado a la nariz. La ginebra le hizo eructar. HabÃa engordado desde que lo soltaron, recobrando su antiguo buen color, que incluso se le habÃa intensificado. TenÃa las facciones más bastas, la piel de la nariz y de los pómulos era rojiza y rasposa, e incluso su calva tenÃa un tono demasiado colorado. Un camarero, también sin que él se lo hubiera pedido, le trajo el tablero de ajedrez y el número del Times correspondiente a aquel dÃa, doblado de manera que estuviese a la vista el problema de ajedrez. Luego, viendo que el vaso de Winston estaba vacÃo, le trajo la botella de ginebra y lo llenó. No habÃa que pedir nada. Los camareros conocÃan las costumbres de Winston. El tablero de ajedrez le esperaba siempre, y siempre le reservaban la mesa del rincón. Aunque el café estuviera lleno, tenÃa aquella mesa libre, pues nadie querÃa que lo vieran sentado demasiado cerca de él. Nunca se preocupaba de contar sus bebidas. A intervalos irregulares le presentaban un papel sucio que le decÃan era la cuenta, pero Winston tenÃa la impresión de que siempre le cobraban más de lo debido. No le importaba. Ahora siempre le sobraba dinero. Le habÃan dado un cargo, una ganga donde cobraba mucho más que en su antigua colo-cación.