1984
1984 Él se volvió y la siguió, pero sin un interés desmedido. Sabía que ya no había peligro, que nadie se interesaba por ellos. Julia no le hablaba. Siguió andando en dirección oblicua sobre el césped, como si tratara de librarse de él, y luego pareció resignarse a llevarlo a su lado. Por fin, llegaron bajo unos arbustos pelados que no podían servir ni para esconderse ni para protegerse del viento. Allí se detuvieron. Hacía un frío molestísimo. El viento silbaba entre las ramas. Winston le rodeó la cintura con un brazo.