1984

1984

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Le pasó aquel sobresalto. Volvió a poner la pieza en su sitio, pero por un instante no pudo concentrarse en el problema de ajedrez. Sus pensamientos volvieron a vagar. Casi conscientemente trazó con su dedo en el polvo de la mesa:

2+2=

«Dentro de ti no pueden entrar nunca», le había dicho Julia. Pues, sí, podían penetrar en uno. «Lo que te ocurre aquí es para siempre», le había dicho O'Brien. Eso era verdad. Había cosas, los actos propios, de las que no era posible rehacerse. Algo moría en el interior de la persona; algo se quemaba, se cauterizaba.

Winston la había visto, incluso había hablado con ella. Ningún peligro había en esto. Winston sabía instintivamente que ahora casi no se interesaban por lo que él hacía. Podía haberse citado con ella si lo hubiera deseado. Esa única vez se habían encontrado por casualidad. Fue en el Parque, un día muy desagradable de marzo en que la tierra parecía hierro y toda la hierba había muerto. Winston andaba rápidamente contra el viento, con las manos heladas y los ojos acuosos, cuando la vio a menos de diez metros de distancia. En seguida le sorprendió que había cambiado de un modo indefinible. Se cruzaron sin hacerse la menor señal.


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