1984
1984 A Winston le latió el corazón con más rapidez. Sena el comunicado del frente; su instinto le dijo que habría malas noticias. Durante todo el día había pensado con excitación en la posible derrota aplastante en África. Le parecía estar viendo al ejército eurasiático cruzando la frontera que nunca había sido violada y derramándose por aquellos territorios de Oceanía como una columna de hormigas. ¿Cómo no había sido posible atacarlos por el flanco de algún modo? Recordaba con toda exactitud el dibujo de la costa occidental africana. Cogió una pieza y la movió en el ajedrez. Aquél era el sitio adecuado. Pero a la vez que veía la horda negra avanzando hacia el Sur, vio también otra fuerza, misteriosamente reunida, que de repente había cortado por la retaguardia todas las comunicaciones terrestres y marítimas del enemigo. Sentía Winston como si por la fuerza de su voluntad estuviera dando vida a esos ejércitos salvadores. Pero había que actuar con rapidez. Si el enemigo dominaba toda el África, si lograban tener aeródromos y bases de submarinos en El Cabo, cortarían a Oceanía en dos. Esto podía significarlo todo: la derrota, una nueva división del mundo, la destrucción del Partido. Winston respiró hondamente. Sentía una extraordinaria mezcla de sentimientos, pero en realidad no era una mezcla, sino una sucesión de capas o estratos de sentimientos en que no se sa-bía cuál era la capa predominante.