1984
1984 -A veces te amenazan con algo..., algo que no puedes soportar, que ni siquiera puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: «No me lo hagas a mÃ, házselo a otra persona, a Fulano de Tal». Y quizá pretendas, más adelante, que fue sólo un truco y que lo dijiste únicamente para que dejaran de martirizarte y que no lo pensabas de verdad. Pero, no. Cuando ocurre eso se desea de verdad y se desea que a la otra persona se lo hicieran. Crees entonces que no hay otra manera de salvarte y estás dispuesto a salvarte asÃ. Deseas de todo corazón que eso tan terrible le ocurra a la otra persona y no a ti. No te importa en absoluto lo que pueda sufrir. Sólo te importas entonces tú mismo.
-Sólo te importas entonces tú mismo -repitió Winston como un eco.
Y después de eso no puedes ya sentir por la otra persona lo mismo que antes.
No -dijo él-; no se siente lo mismo.
No parecÃan tener más que decirse. El viento les pegaba a los cuerpos sus ligeros «monos». A los pocos instantes les producÃa una sensación embarazosa seguir allà callados. Además, hacÃa demasiado frÃo para estarse quietos. Julia dijo algo sobre que debÃa coger el Metro y se levantó para marcharse. Tenemos que vernos otro dÃa -dijo Winston.
SÃ, tenemos que vernos -dijo ella.