1984
1984 Winston, irresoluto, la siguió un poco. Iba a unos pasos detrás de ella. No volvieron a hablar. Aunque Julia no le dijo que se apartara, andaba muy rápida para evitar que fuese junto a ella. Winston se había decidido a acompañarla a la estación del Metro, pero de repente se le hizo un mundo tener que andar con tanto frío. Le parecía que aquello no tenía sentido. No era tanto el deseo de apartarse de Julia como el de regresar al café lo que le impulsaba, pues nunca le había atraído tanto El Nogal como en este momento. Tenía una visión nostálgica de su mesa del rincón, con el periódico, el ajedrez y la ginebra que fluía sin cesar. Sobre todo, allí haría calor. Por eso, poco después y no sólo accidentalmente, se dejó separar de ella por una pequeña aglomeración de gente. Hizo un desganado intento de volver a seguirla, pero disminuyó el paso y se volvió, marchando en dirección opuesta. Cinco metros más allá se volvió a mirar. No había demasiada circulación, pero ya no podía distinguirla. Julia podría haber sido cualquiera de doce figuras borrosas que se apresuraban en dirección al Metro. Es posible que no pudiera reconocer ya su cuerpo tan deformado.
«Cuando ocurre eso, se desea de verdad», y él lo había pensado en serio. No solamente lo había dicho, sino que lo había deseado. Había deseado que fuera ella y no él quien tuviera que soportar a las...