El camino de Wigan Pier

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Por lo general, éramos cuatro en el dormitorio. Era éste una habitación horrible, con ese aspecto provisional y desordenado de las estancias que no se usan para lo que fueron pensadas en un principio. Años atrás, la casa había sido una vivienda familiar corriente. Cuando los Brooker se instalaron en ella y la adaptaron a sus nuevas funciones de tripería y pensión, heredaron algunos de los muebles más inútiles, y nunca tuvieron la energía de deshacerse de ellos. Así que los huéspedes dormíamos en lo que era aún visiblemente una sala de estar. Pendía del techo una maciza araña de cristal en cuya superficie la capa de polvo era tan espesa que parecía pelo. Y, cubriendo la mayor parte de una pared, había un enorme y horroroso armatoste, un híbrido entre aparador y mueble de recibidor, con muchos relieves, cajoncitos y espejos. Había también una alfombra, que en tiempos había sido de colores chillones, llena de huellas circulares de los cubos de fregar de muchos años, dos sillas doradas de asiento reventado y uno de esos anticuados sillones de tela de crin, en los que uno resbala cuando trata de sentarse. La estancia había sido convertida en dormitorio mediante la introducción de cuatro escuálidas camas en medio de aquellas otras ruinas.




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