Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Estábamos, pues, junto a la alambrada interior. La atravesamos a cuatro patas y con mayor rapidez. Si tenÃamos tiempo de desplegarnos todo irÃa bien. Jorge y BenjamÃn atravesaron agachados la alambrada hacia la derecha. Pero los hombres que estaban dispersos detrás de nosotros tuvieron que formar una cola para pasar por la angosta abertura y justo en ese momento hubo un fogonazo y una detonación en el parapeto fascista. El centinela nos habÃa oÃdo por fin. Jorge se apoyó en una rodilla e hizo girar el brazo como un jugador de bolos. ¡Brum! Su granada reventó en alguna parte al otro lado del parapeto. De inmediato, con mucha mayor rapidez de la que uno habrÃa creÃdo posible, se oyó el rugido de diez o veinte fusiles desde el parapeto fascista. Nos habÃan estado esperando, después de todo. La lÃvida luz nos permitÃa ver los sacos de arena de manera intermitente. Los hombres estaban demasiado lejos para arrojar sus granadas. Cada tronera parecÃa escupir chorros de fuego. Siempre es horrible estar bajo el fuego en la oscuridad, donde cada fogonazo parece apuntar directamente hacia uno. Lo peor son las granadas, no es posible concebir su horror hasta que se las ha visto reventar de cerca en la oscuridad; durante el dÃa sólo se oye el estruendo de la explosión, pero en la oscuridad también está el cegador resplandor rojizo. Me habÃa arrojado boca abajo a la primera descarga. Durante todo ese tiempo estuve echado de costado sobre el barro, luchando desesperadamente con el seguro de una granada. El maldito se negaba a salir. Por fin, me di cuenta de que tiraba en dirección equivocada. Saqué el seguro, me puse de rodillas, arrojé la granada y volvà a tirarme cuerpo a tierra. Explotó hacia la derecha, antes del parapeto: el miedo habÃa arruinado mi punterÃa. En ese momento, otra granada estalló delante de mÃ, tan cerca que pude sentir el calor de la explosión. Me aplasté contra el suelo y enterré la cara en el barro con tanta fuerza que me hice daño en el cuello y pensé que estaba herido. En medio del estrépito alcancé a oÃr una voz inglesa que decÃa quedamente a mis espaldas: «Estoy herido». La granada habÃa alcanzado a varios hombres a mi alrededor, sin tocarme. Me puse de rodillas y arroje mi segunda granada. He olvidado dónde cayó.