Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Avanzábamos desde hacía tanto tiempo que comencé a pensar que habíamos equivocado el camino. En ese momento empezamos a distinguir delgadas líneas paralelas y oscuras. Era la alambrada exterior (los fascistas tenían dos alambradas). Jorge se arrodilló y empezó a rebuscar en el bolsillo; tenía nuestro único par de tenazas. Clic, clic. Apartamos con mucho cuidado el alambre cortado y aguardamos a que los últimos hombres se nos acercaran. Nos parecía que hacían un ruido tremendo. Ahora faltaban cincuenta metros hasta el parapeto fascista. Seguimos adelante, doblados en dos. Un paso cauteloso, posando el pie con tanta suavidad como un gato que se aproxima a una ratonera; luego, una pausa para escuchar; después, otro paso. Una vez levanté la cabeza; sin hablar, Benjamín me puso la mano en la nuca y me la bajó violentamente. Sabía que la alambrada interior quedaba apenas a veinte metros del parapeto. Me parecía inconcebible que treinta hombres pudieran llegar hasta allí sin que nadie los oyera. Nuestra respiración bastaba para denunciarnos. Con todo, llegamos. El parapeto fascista ya era visible, un borroso montículo negro que se elevaba ante nosotros. Jorge se arrodilló y rebuscó de nuevo en su bolsillo. Clic, clic. No hay manera de cortar alambres en silencio.