Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Pero, en aquel terreno resultaba casi imposible avanzar sin ruido. Por más precauciones que tomáramos, el barro se pegaba a los pies y a cada paso que dábamos hacía chop-chop, chop-chop. Y para acabar de empeorar las cosas, el viento había cesado y, a pesar de la lluvia, la noche era muy silenciosa. Los sonidos debían de llegar muy lejos. Hubo un momento inquietante cuando tropecé con una lata. Pensé que los fascistas en muchos kilómetros a la redonda debían de haberlo oído. Pero no, ni un disparo, ni un movimiento en las líneas enemigas. Seguimos deslizándonos, cada vez más lentamente. Me resulta imposible expresar la intensidad con que deseaba llegar allí, ¡tener el objetivo al alcance de las granadas antes de que nos oyeran! En tales ocasiones, uno ni siquiera tiene miedo, sólo siente un tremendo y desesperado anhelo de cruzar el terreno intermedio. Experimenté idéntica sensación al ir al acecho de un animal salvaje: el mismo deseo angustioso de ponerlo a tiro, la misma certeza —como en sueños— de que eso resulta imposible. ¡Y cómo se alargaba la distancia! Yo conocía bien el lugar, sólo debíamos recorrer ciento cincuenta metros: no obstante, parecía faltar más de un kilómetro. Cuando uno se arrastra con tales precauciones percibe, tal como lo haría una hormiga, todas las variaciones del terreno: la espléndida mancha de hierba suave allí, la maldita mancha de fango pegajoso aquí, las altas cañas crujientes que deben evitarse, el montón de piedras que uno desespera de poder atravesar sin ruido.