Homenaje a Cataluña

Homenaje a Cataluña

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Los fascistas habían hecho traer una ametralladora. La podíamos ver escupiendo fuego como un buscapiés a unos cien o doscientos metros; las balas pasaban por encima de nosotros con un chasquido seco y continuo. No tardamos en colocar bastantes sacos como para contar con un parapeto bajo, detrás del cual los pocos hombres que estábamos a ese lado de la posición nos podíamos echar y disparar. Yo estaba de rodillas detrás de ellos. Un disparo de mortero silbó y se estrelló en alguna parte de la tierra de nadie. Ése era otro peligro, pero necesitarían algunos minutos para ubicar nuestra posición. Ahora que habíamos terminado de luchar con esos malditos sacos de arena podía incluso resultar de alguna manera divertido el ruido, la oscuridad, los fogonazos que se acercaban cada vez más, nuestros propios hombres respondiendo a los fogonazos. Hasta había tiempo para pensar un poco. Recuerdo haberme preguntado si tenía miedo, y haberme respondido que no. Afuera, donde quizá había corrido menos peligro, me había sentido casi enfermo de miedo. De pronto, alguien volvió a gritar que los fascistas se acercaban. Esta vez no había duda al respecto, pues los fogonazos se veían mucho más cercanos. Vi uno a menos de veinte metros. Evidentemente avanzaban por la trinchera de comunicación. A veinte metros estábamos a tiro de granada; éramos ocho o nueve, muy cerca unos de otros; bastaría una sola granada bien colocada para hacernos volar por los aires. Bob Smillie, con la sangre chorreándole por la cara debido a una pequeña herida, se puso de rodillas y arrojó una granada. Nos agachamos, esperando el estallido. En la trayectoria fue dejando una estela de chispas, pero no explotó. (Por lo menos una cuarta parte de estas granadas eran inútiles). Yo tenía solamente las de los fascistas y no sabía con certeza cómo manejarlas. Pregunté si todavía les quedaba alguna granada. Douglas Moyle buscó en el bolsillo y me pasó una. La arrojé y me tiré boca abajo. Por uno de esos golpes de suerte que suceden una vez al año logré arrojar la granada exactamente en el sitio donde había visto un fogonazo. Se oyó el estruendo de la explosión y de inmediato un alboroto infernal de alaridos y quejidos. Por lo menos le habíamos dado a uno de ellos; no sé si murió, pero sin duda estaba malherido. ¡Pobre desgraciado! ¡Pobre desgraciado! Sentí un vago pesar mientras le oía gritar. En ese instante, a la tenue luz de unos fogonazos, vi o creí ver una figura de pie cerca del lugar de donde habían salido los disparos. Dirigí en esa dirección mi fusil y disparé. Hubo otro alarido, pero creo que seguía siendo de la víctima de la granada. Se arrojaron varias granadas más. Los próximos fogonazos que vimos estaban ya muy lejos, a cien metros o más. Los habíamos hecho retroceder; por lo menos provisionalmente.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker